Con bastante frecuencia leemos artículos de prensa o escuchamos opiniones de nuestro entorno que demonizan a la cirugía plástica, que critican a las personas que se someten a ellas y a los cirujanos que las practicamos.

Como profesional de la especialidad, siento el impulso de exponer mi visión ya que, desde la óptica de nuestros críticos, pacientes y cirujanos pareceríamos formar parte de un mundo superficial que antepone la estética a los valores éticos y humanos.

Se ataca a la cirugía plástica porque algunas personas, generalmente celebridades, en su aspiración por contener los efectos del paso del tiempo se exceden en las operaciones; se critica a la cirugía plástica porque en ocasiones se realizan retoques que acaban deformando el físico del paciente. Se critica a la cirugía plástica porque se contrapone a la naturalidad humana.

No voy a negar que hayamos presenciado casos de operaciones con resultados muy discutibles, debidos a mala praxis del cirujano, por obsesión enfermiza del paciente o por otras causas pero a esos casos negativos se contraponen miles de intervenciones exitosas que mejoran el bienestar de otros tantos miles de personas.

Como toda actividad humana, la cirugía estética presenta unos riesgos, pero antes de emitir juicios universales sobre la especialidad habría que hacer unas reflexiones más profundas así como sería preciso analizar, caso por caso, las operaciones fallidas y sus motivos.

Si analizamos el tema desde el punto de vista del cirujano plástico, deberíamos recordar que, como profesional de la medicina, éste vela, ante todo, por la salud de su paciente. A partir de ahí entran en juego otras variables humanas como la preparación, la ética y la empatía del médico con su paciente.

El cirujano profesional y ético rechaza un tratamiento por no estar indicado o por detectar altas probabilidades de fracaso. Igualmente es capaz de saber si a una determinada fisionomía le conviene un tipo de cirugía o menos.

Lamentablemente, cada vez más, nos encontramos frente a cirugías que no han sido realizadas por cirujanos especialistas lo cual genera pacientes insatisfechos y perjudica a la profesión.

En estos casos debemos apelar a la integridad de quien interviene sin estar capacitado. E igualmente debemos insistir para que los pacientes se aseguren ponerse en manos de un especialista contrastado.

En el universo de pacientes “sobre operados” también se encuentran aquellos que sufren de algún trastorno dismórfico corporal que les provoca una imagen distorsionada de sí mismos. Dado que se trata de un trastorno mental, estos casos deben ser identificados, comentados y, en su caso, derivados a otro especialista que pueda ayudarlos, ya que la cirugía no va ser capaz de darles una solución.

Si hablamos de la naturalidad, yo, como cirujana plástica, no persigo moldear el aspecto de mis pacientes para sustituirlo con el aspecto de otra persona, ni aspiro a un mundo de belleza uniforme y universal. Mi objetivo es corregir imperfecciones conservando un aspecto natural del paciente.

Cada persona tiene unos rasgos físicos exclusivos que, según los criterios de armonía estética comúnmente aceptados, pueden resultar más o menos atractivos, pero la forma en que cada uno los acepta y encaja es muy personal. En este sentido, no me compete a mí, ni debería competir a nadie, opinar sobre el atractivo de los demás. Además, considero que la atracción no depende sólo de la apariencia física y en muchos casos la personalidad y el carácter de la persona tienen muchísimo más poder de atracción que el físico.

Sin embargo, no deja de ser cierto que muchas personas no se sienten a gusto con algún aspecto de su físico y esa insatisfacción acaba por influir negativamente en sus relaciones sociales. Si, con la cirugía, podemos corregir ese elemento de conflicto para la persona y aumentamos su bienestar emocional, estoy firmemente convencida de la bondad de la cirugía estética y creo que así lo estarán algunos que a priori se muestran contrarios a ella.

Aun así, habrá quienes sigan considerando que el tratamiento estético va contra la naturalidad de la persona. En este caso me gustaría preguntar: ¿es malo querer superar complejos?; ¿es malo querer cuidar la propia imagen?

Nos arreglamos los dientes. Nos teñimos el pelo y lo moldeamos. Nos depilamos. ¿Son, éstos, actos que desnaturalizan a la persona?

Dejando de lado prácticas negligentes siempre denunciables, pienso que antes de juzgar a nadie por su imagen, deberíamos hacer un examen de conciencia interior y aceptar que todos, a nuestra manera, moldeamos y corregimos nuestro modo de vestir, nuestro pelo, nuestro cuerpo, para ir acordes con la imagen que perseguimos de nosotros mismos.

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